Últimamente siento que soy una coctelera de emociones, y que un ingrediente de más me hace saltar la tapa y explotar. Cualquier cambio a esta endeble rutina que armamos enciende esa mecha corta, cada día más corta. Llego al final del día agotada con esa sensación culpógena del NI, como dice una amiga. Ni fui profesional, ni mamá, ni ama de casa como me hubiese gustado. Peeero en este retiro obligado también estoy descubriendo cada vez más qué me ayuda a volver a mi eje.



Un cafecito, música y ponerme a hacer algo con las manos apagan durante un rato mi cabeza. Es mágico. Es mi mejor ejercicio de mindfulness para serenarme y volver con más energía. A veces puedo regalarme un rato largo, otras con solo ponerme a analizar por unos minutos si salió un brote de las plantas ya es suficiente.


Hoy iba a ser un día para sacarme encima la larga lista de “to do” pero no tenía la energía para afrontarlo. Después de dar vueltas esquivando mi culpa agarré mi kit de cerámica, y me concedí una hora y media a cumplir un antojo que tenía hace años. El placer de entregarme a amasar, golpear y moldear la arcilla me renovó. La mente en blanco, la respiración calma, meditación en acción.


Desde que empezamos con este encierro les hablé varias veces de esto: reconocer ESO que nos ayuda a conectarnos. Buscar eso que te llena o revisar las deudas que tenemos con nosotros mismos. Tenemos la oportunidad de descubrirnos: aunque sea para que la mecha se encienda lo menos posible. ¡Que tengan una muy buena semana! Y que los saltos del camino los agarren con un amortiguador más resistente.

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